Qué pena que, para quererme, tengas que destrozarme en fragmentos; verme quebrada y deshecha, lista para rogarte que me quieras, que me prestes atención. Observarme bajo tus pies, como un subordinado frente a su comandante, esperando instrucciones. Porque no puedes amar lo que soy; necesitas llevarme al abismo para llenarme de fuego y, así, consumir mis entrañas y mi espíritu, dejándome incapaz de sentir o pensar siquiera en esto que deseas para mí. Este destino lúgubre y maldito, al que me has sentenciado sin posibilidad de defenderme. Qué tristeza que deba convertirme en nada para ser tuya, porque solo así te sentirías con el poder de atarme a ti y a tu condena.
Es como si, sabiendo que tengo sed, me restringieras el agua a unas pocas gotas al día; como si mantenerme bajo tu sombra y mi sufrimiento te asegurara el control absoluto sobre mí. Sé lo que intentas hacer: me obligas a contemplar tu monstruo interior, evitando que me engañe, como lo hacen esos perversos que conquistan corazones con fraudes y falsedades. Me muestras tu verdadera esencia, pero tampoco me das la opción de rechazarla. Me has encadenado a ti para siempre, o eso crees; que porque me muestras tu ser interior no podré salir de ti en cuanto quiera. Es triste que pienses que no seré capaz de sobrevivir sin ti y tu mísera forma de amarme, tan cruel y despiadada como lo es tu corazón con el mío.
Te deseo, claro que sí, lo hago. Anhelo tus caricias salvajes, tus marcas en mi piel, reclamándome tuya cada vez que puedes. Pero no quiero una cárcel con buen sexo; necesito más, quiero más de ti.

